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Por qué no bajas de peso aunque comas poco

Comer porciones chicas y aun así no bajar de peso

La respuesta corta: comer menos no baja la insulina lo suficiente, y mientras la insulina está alta tu cuerpo no puede sacar energía de la grasa que ya tiene.

Entonces pasa lo que estás viviendo. Comes poco, pero bajas poco. Y encima andas con más hambre, porque el cuerpo tiene la energía encima y no la puede usar.

No es que estés haciendo las cosas mal. Es que estás usando una herramienta —comer menos— para un problema que no se arregla con esa herramienta.


Por qué comer poco no alcanza

La cuenta de calorías que nos enseñaron dice que si comes menos de lo que gastas, bajas. Y en el papel es cierto.

El problema es que esa cuenta trata a tu cuerpo como una caja donde entra y sale energía, sin preguntarse qué hace tu cuerpo con lo que entra. Y eso no lo decide la cantidad: lo deciden las hormonas, y sobre todo una.

Cuando comes, la insulina sube. Su trabajo es guardar: toma la energía que acaba de entrar y la mete en las células. Es una hormona de almacenamiento, y hace bien su pega.

Lo que casi nadie te explica es la otra mitad. Mientras la insulina está alta, la orden que el cuerpo está recibiendo es «guardar», no «gastar». Y la grasa que ya tienes acumulada queda cerrada con llave.

Ahí está la trampa de comer poco: puedes reducir mucho lo que entra, pero si lo que entra —o el horario en que entra— mantiene la insulina arriba todo el día, tu cuerpo sigue sin poder abrir la despensa. Tiene energía de sobra encima y no la alcanza. Entonces te pide comida.

Por eso comer poco te deja con hambre en vez de dejarte delgado.


Qué hace la insulina con la grasa que ya tienes

Vale la pena verlo al revés, porque así se entiende de una.

Tienes, digamos, veinte kilos de grasa guardados. Eso es una cantidad enorme de energía disponible. Un cuerpo con acceso a esa energía no tiene por qué pedir comida cada tres horas: tiene la despensa llena.

Un cuerpo que no puede acceder a esa energía se comporta como si estuviera en escasez, aunque la tenga puesta encima. Y hace exactamente lo que haría cualquiera en escasez: pedir comida, bajar el gasto, ahorrar.

De ahí salen las tres cosas juntas que probablemente reconoces:

No son tres problemas. Son el mismo, visto desde tres lados.


«Pero mis exámenes salieron bien»

Esta es la parte que más rabia da, y conviene decirla con datos.

En el estudio Whitehall II, publicado en The Lancet, se siguió durante años a 6.538 personas que al empezar no tenían diabetes. En las que después desarrollaron diabetes tipo 2, la sensibilidad a la insulina venía cayendo de forma sostenida desde trece años antes del diagnóstico. La glucosa en ayunas, en cambio, se mantuvo casi plana la mayor parte de ese tiempo y recién se disparó en los últimos tres años.

Trece años de un lado. Tres del otro.

O sea: el examen de glucosa en ayunas es de los últimos en avisar. Puede salir normal mientras el cuerpo lleva mucho tiempo compensando.

Dos advertencias importantes, porque acá se exagera con facilidad:

Ese estudio es sobre personas que terminaron desarrollando diabetes tipo 2. No dice que a todo el mundo le pase esto, y no dice nada sobre la diabetes tipo 1, que es una enfermedad distinta y con el problema al revés.

Y sobre todo: esto no es un motivo para no hacerse exámenes. Es lo contrario. Los exámenes los pide e interpreta tu médico, y esa parte no es mi terreno ni la de ninguna página web. Lo único que dice el estudio es que un resultado normal hoy no garantiza que no haya nada moviéndose.

Fuente: Tabák AG et al., The Lancet, 2009.


Dos personas, la misma comida, distinta respuesta

La otra pregunta que aparece siempre: «¿por qué a mi amiga le funcionó y a mí no?»

En el estudio PREDICT, publicado en Nature Medicine, se le dio comida idéntica a más de mil adultos, incluyendo 230 pares de gemelos, y se midió cómo respondía cada uno. La variación entre personas fue enorme: alrededor de un 59% de diferencia en la respuesta de insulina y un 68% en la de glucosa, ante exactamente el mismo plato.

Y algo que sorprende: la genética explicó apenas cerca del 9% de esa diferencia en la insulina. O sea que no es solo con lo que naciste.

Ese estudio no valida ningún método, y no habla de cetoadaptación. Lo que sí deja claro es algo simple y bastante liberador: el mismo plan no le hace lo mismo a dos personas distintas. Cuando algo le funcionó a otra persona y a ti no, la explicación más probable no es que hayas fallado tú.

Fuente: Berry SE et al., Nature Medicine, 2020.


La grasa del abdomen y por qué es la última en irse

Si bajaste de todos lados menos de la guata, hay un motivo.

La grasa abdominal es la que más responde a la insulina. Es la primera en formarse cuando la insulina pasa mucho tiempo alta, y la última en soltarse mientras siga alta. Por eso puedes verte más delgado de brazos y cara, y seguir con la misma barriga.

También por eso mucha gente nota que la ropa le queda distinta antes de que la balanza se mueva. El peso incluye agua, músculo y contenido intestinal. Lo que te importa es la grasa, y esos dos números no se mueven al mismo ritmo.

Si mides solo con la pesa, vas a abandonar justo cuando está empezando a funcionar.


¿Y si estoy con Ozempic, Mounjaro o similares y aun así no bajo?

Es una pregunta muy frecuente y merece respuesta honesta.

Primero lo importante: esos medicamentos los indica y los ajusta tu médico. No los dejes, no los bajes ni los cambies por leer esto, ni por leer a nadie. Si no estás bajando como esperabas, eso se conversa con quien te los recetó.

Dicho eso, hay algo que sí puedes pensar. Estos fármacos funcionan en buena parte bajándote el hambre. Y funcionan: la gente come menos y baja.

La pregunta que vale la pena hacerse es otra: mientras tanto, ¿cambió algo de lo que causaba el hambre? Porque si abajo todo sigue igual, el día que el tratamiento se suspende el hambre vuelve a donde estaba. Eso explica por qué tanta gente busca «efecto rebote» junto con el nombre del remedio.

No lo digo para que dejes nada. Lo digo para que la conversación con tu médico incluya también qué va a pasar después, y qué se puede ir cambiando mientras tanto.


Qué cambia cuando baja la insulina

Cuando la insulina baja y se mantiene baja el tiempo suficiente, el cuerpo vuelve a poder usar su propia grasa. Y lo primero que cambia no es el peso.

Lo primero que cambia es el hambre. Se te pasa la hora de almuerzo y te das cuenta después, no porque estuvieras aguantando, sino porque se te olvidó. Se te va el bajón de las cuatro. Dejas de andar pendiente de dónde y a qué hora vas a comer.

Eso suele aparecer en las primeras semanas, bastante antes que los cambios en la balanza. Y es mejor señal de que vas bien que cualquier número de la pesa.


Por dónde se empieza

No se empieza comiendo menos. Se empieza comiendo de una forma que no dispare la insulina tantas veces al día.

Y antes de eso, con una pregunta que te puedes hacer hoy mismo, sin comprar nada ni pedir hora en ninguna parte:

¿A qué hora te da hambre a ti, y qué comiste dos horas antes?

Anótalo tres días. Casi siempre aparece un patrón, y casi nunca es el que uno esperaba. Esa es la información que ningún artículo tiene, porque está en tu día y no en internet.

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Esta página es informativa y no reemplaza el diagnóstico ni el tratamiento de un profesional de la salud. No indica ni sustituye exámenes ni medicamentos. Si tienes una condición diagnosticada, estás embarazada o tomas medicamentos —en especial para la diabetes— consulta con tu médico antes de hacer cambios en tu alimentación.

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